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Kinderbücher
Buch Leseprobe Las historias de Paula, Karin Selest
Karin Selest

Las historias de Paula



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El nacimiento de Paula


 


Sin duda, Paula fue una niña muy deseada. Sus padres apenas podían contener las ganas de sostener a su tesoro entre los brazos a medida que se acercaba la fecha de su nacimiento.


 


Finalmente, vio la luz de sol el 15 de julio, en un caluroso día de verano. Paula hizo su primera gran actuación y, rápidamente, quiso triunfar sobre el escenario. El viaje al hospital se le hizo demasiado largo y vino al mundo en el asiento trasero del nuevo Skoda de papá. Consiguió que su padre exclamara por primera vez mirando al cielo — ¡Dios mío! ¿Qué será eso?— A continuación, fue Paula la que se encargó de berrear.


 


Para sus padres era el bebé más hermoso del mundo. Cuando no tenía hambre o sed estaba siempre entretenida hasta que se quedaba dormida. Entonces, dormía profundamente, pero por poco tiempo. La pequeña tenía ocupados a sus padres todo el tiempo y, así, las semanas y los meses pasaban volando. Pronto empezó a gatear por su pequeño universo. Cuando aprendió a caminar, papá y mamá tuvieron que ir detrás de su tesoro en todo momento. No había nada seguro a su alcance. Se lo metía todo en la boca y no dejaba pasar ninguna oportunidad de curiosear por los armarios inferiores de toda la casa. Sus padres ya no encendían la radio, tenían a Paula, que cotorreaba y canturreaba mientras no dormía que, como ya hemos dicho, le gustaba poco.


 


Cuando Paula cumplió tres años, Charly, sus padres y su hermano Franky se mudaron al vecindario de chalés adosados en el que también vivía Paula. Charly era sólo unas pocas semanas mayor que Paula y pronto se hicieron inseparables. Prácticamente, pasaban todo el día en el parque infantil junto a sus madres.


Cuando Charly cumplió cuatro años, su madre volvió al trabajo y Charly se fue a la guardería. Paula se entristeció mucho y pensó: —Yo también quiero ir allí— No paró hasta que sus padres la inscribieron.


Poco antes de cumplir los cuatro años empezó a ir a la guardería.


 


Papá y Mamá contemplaban, con cierta tristeza y alegría al mismo tiempo, la nueva etapa de la vida de Paula.


Su padre estaba totalmente equivocado si pensaba que su princesa sería una muchacha tranquila y obediente. Todo lo que Paula vio, oyó y aprendió en la guardería, lo puso en práctica en casa. Empezó la época de las preguntas. ¿Cómo? ¿Por qué? ¿De qué manera? A Paula no le gustaba la palabra “no”, por este motivo, se le oía a menudo gritar: — ¡Pero es que yo quiero! ¡Sí que puedo!


Paula estaba convencida de que, de algún modo, todo lo hacía bien, y todo lo hacía con gran entusiasmo.


 


Por eso quiero darle las gracias a Paula, sin ella no existiría este pequeño libro.


A vosotros, queridos lectores, me gustaría desearos que disfrutéis de la lectura.




 


Pero, ¿Esto qué es?

Paula iba a la guardería desde hacía dos semanas. Era lunes y para comer había sopa de pescado con gambas. Silke, la “seño” de la guardería, le estaba dando su segundo plato de sopa. Paula quiso repetir, pero no por la sopa, sino porque le encantaban las gambas.


Cuando los niños terminaron de comer, ayudaron a la “seño” a recoger la mesa todos juntos.


―Bien, ahora al cuarto de aseo a lavarse las manos y los dientes. Es hora de la siesta ―dijo Silke.


Paula escuchó a los niños reírse en el cuarto de baño. Algo les estaba haciendo mucha gracia. Se acercó de puntillas y metió su rubia cabeza rizada por el resquicio de la puerta. Desconcertada, se tapó la boca con la mano. Charly, Heiko y Thomas estaban alrededor del wáter haciendo pipí salpicando toda la taza con una especie de manguera.


Paula se retiró murmurando: ―Yo no puedo hacer algo así. ¿Cómo lo hacen? ¿De dónde les ha salido eso a los chicos? De repente, se acordó de las gambitas de la sopa y se le fueron las ganas de volver a probarlas.


Ansiosa, esperó a Charly en el cuarto de aseo. Finalmente, cuando llegó, se interpuso en su camino.





― ¿De dónde has sacado la cola?


― ¿Qué cola? ―preguntó Charly sorprendido.


―La de hacer pipí.


― ¡Ah! La pilila ―dijo Charly echándose la mano sobre la frente. ―La tengo desde siempre. ¿Tú no?


―Creo que no. Enséñamela.


― ¡Ja! ―Charly respiró hondo, pensó durante un instante y le susurró― pero sólo si tú también me la enseñas.


Paula se cogió el pantalón por la cintura.


―Está bien, los dos a la vez.


Se bajaron los pantalones al mismo tiempo y se quedaron sin habla. Antes de que pudieran decir nada, Silke apareció delante de ellos.


― ¿Qué estáis haciendo? ¡Subiros los pantalones y marchaos a la cama!


Rojos como tomates corrieron hacia las camas, subieron de un salto y se taparon con la manta.


 


Por la tarde les recogió la mamá de Charly.


―Le preguntaré a mi hermano Franky. Seguro que él sabe por qué no tienes pilila ―le susurró Charly en el coche a Paula.


―Lo averiguaré yo misma. Mi padre tiene que saberlo. Cuando llegó a casa, pasó corriendo por delante de su madre y se metió en casa.


―Papá, papá, ¿Dónde estás?


―Estoy aquí tesoro ¿Qué no me dices hola primero? ―le dijo su padre desde la cocina.


Paula se dirigió a la cocina.


―Hola, he visto una cosa que Charly y los demás tienen ―dijo acalorada.


― ¿Dónde tienen, el qué? ―preguntó papá mirando a su pequeña con curiosidad.


―Ahí, donde no hay nada, ellos tienen una colita, igual que las gambitas de la sopa. Muuuuy pequeñita.


―Colas, gambas, sopa... hum, no entiendo nada ―dijo su padre negando con la cabeza al tiempo que se sentaba a la mesa.


No obstante, su madre sabía a qué se refería Paula.


― ¿Por dónde hacen pipí quieres decir? ―preguntó su madre.


― ¡Sí, por ahí! Charly dice que es la pilila. Así es más divertido hacer pipí. ¡Yo también quiero tener una!


―No, tú eres una chica, no la necesitas. Eso es para los chicos y los papás ―dijo su padre intentando zanjar la conversación.


― ¿Sólo porque no tengo pilila tengo que ser una chica? ¡Prefiero ser un chico, es mucho más divertido!


―No puede ser, tesoro. ―Su madre se sentó y la cogió en su regazo— Nosotros pedimos un bebé y no podíamos elegir entre un niño o una niña.


Paula se metió las manos en el ensortijado pelo y se rasco la cabeza con fuerza.


―Papá, ¿Dónde se piden los niños? Quiero cambiarme.


―Pero Paula, eso es imposible.


Paula miró furiosa a su padre.


―A ver. Cambiaste mi camión de juguete porque le faltaba una rueda. Si me hubieras preguntado antes, y la hubieras pedido, ahora yo también tendría una.


De un salto se bajó del regazo de mamá, le dio una pataleta y salió de la cocina.



 


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